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Pregunta

Una pregunta, padre… ¿cómo debe actuar un cristiano con las riquezas?

¿Debería usarlas sabiamente y estar dispuesto a compartirlas o, aunque las gane honestamente, debería «dejarlas todas» y vivir guardando lo mínimo para sí mismo, en lugar de acumularlas para tenerlas listas para un buen uso, sin anteponerlas al Señor?


Respuesta del sacerdote

Querido,

1. Lo primero y más importante que hay que tener en cuenta en el uso de las riquezas es que de ninguna manera se pueden tomar como el objetivo principal de la vida.

2. Santa Catalina de Siena escribe: “El hombre no puede saciarse en nada sino en Dios, que es más grande que él, mientras que el hombre es más grande que todas las cosas creadas.

Así que lo que Dios creó, lo creó al servicio del hombre, y el hombre lo hizo para sí mismo, para que lo amara con todo su corazón y afecto y lo sirviera en la verdad.

Por lo tanto, las cosas del mundo no pueden saciar al hombre, porque son menos que Él.

El hombre tiene paz y descanso sólo cuando está en Dios: entonces participa de una amplitud de corazón tal que toda las criaturas razonables encuentran allí espacio para el afecto amoroso”(Carta 44, a Ser Antonio di Ciolo).

3. Sigue escribiendo: «El alma que no se acerca a Dios y no se une a Él por afecto del amor, tiene que unirse necesariamente con las criaturas fuera de Dios y con los deleites y placeres del mundo, porque el alma no puede vivir sin amor y debe amar o a Dios o al mundo. Ahora bien, el alma siempre se une a lo que ama y se transforma en eso, es decir, participa siempre de lo que hay en la cosa que ama.

Si ama al mundo, que a causa del pecado germina espinas y tribulaciones de gran amargura, el alma no siente más que dolor.

Si ama la carne que no ofrece nada más que hedor y veneno del pecado y de corrupción, el alma que se conforma con la voluntad de la carne y de la pasión sensorial, recibe de ella un veneno que la confunde tanto que la lleva a la muerte, privándola de la vida de la gracia: no puede recibir nada más de tal amor, y siempre vive en la tristeza.

Por el contrario, cuando la ternura se une con la dulce voluntad de Dios, el alma, unida a Él por afecto del amor, recibe lo que Dios tiene en sí mismo, es decir, la dulzura suprema y eterna: por eso los siervos de Dios sienten tanto deleite en las cosas amargas y difíciles, porque, poseyendo a Dios en sí mismos, su alma está silenciosa y saciada”(Ib.).

4. Dicho esto, cada uno debe hacer uso de las riquezas (bienes de este mundo) con un doble criterio.

El primero es proveer a la propia vida según las necesidades del propio estado.

De hecho, una cosa es vivir solo, otra tener una familia o planificar una y otra cosa más es estar consagrado a Dios.Si se tiene una familia o se planea tenerla, estamos llamados a utilizar estas riquezas principalmente para mantenerse a sí mismo y a sus seres queridos para el presente y el futuro.

5. Segundo criterio: hay que tener en cuenta que los bienes de este mundo no fueron creados por Dios para una persona o para otra, sino que los ha destinado a todo el género humano. Por eso, el Concilio Vaticano II dice que «Dios destinó la tierra y todo lo que contiene para el uso de todos los hombres y de todos los pueblos, por lo que los bienes creados deben ser compartidos igualmente entre todos, según la regla de la justicia, inseparable de la caridad. Por lo tanto, cualesquiera que sean las formas de propiedad, adaptadas a las instituciones legítimas de los pueblos según las diferentes y cambiantes circunstancias, debe tenerse siempre en cuenta este destino universal de los bienes. Al hacer uso de estos bienes, el hombre debe considerar las cosas externas que posee legítimamente, no sólo como propias, sino también como comunes, en el sentido de que puedan beneficiar de estas, no sólo él sino también los demás» (Gaudium et Spes, 69). Y además: “La misma propiedad privada, por su propia naturaleza tiene también una función social, que se basa en la ley del destino común de los bienes” (GS 71).

6. Y así, haciendo partícipes a los demás de los bienes que Dios ha puesto en nuestras manos, a través de ellos podemos hacer el bien a nuestro prójimo e indirectamente también a nosotros mismos.

En este sentido, el Señor dijo: «Ganad amigos por medio de las riquezas injustas, para que cuando éstas falten, os reciban en las moradas eternas.» (Lc 16, 9).

La Biblia de Jerusalén señala: «El dinero no es malo en sí mismo, pero es necesario utilizarlo de manera correcta: se le llama deshonesto porque siempre corre el riesgo de desviar al hombre de los verdaderos valores: el amor a Dios y al prójimo».

Con la esperanza de que lo aproveches siempre al máximo para ser acogido de la mejor manera en las moradas eternas, te aseguro mis oraciones y te bendigo.

Padre Angelo


Traducido por Jennifer Di Giacomo