Estimado Padre Angelo,
Le escribo porque quisiera algunas aclaraciones respecto a esta frase pronunciada por Jesús cuando es tentado por el demonio mientras permanece cuarenta días en el desierto.
Leyendo el comentario del pasaje del Evangelio de Lucas está escrito que el demonio propone a Jesús tres tentaciones principales: la tentación de creer que nuestra vida dependa de acumular bienes materiales (cuando le pide a Jesús que transforme las piedras en pan), la tentación de dominar a los demás (cuando el demonio le promete a Jesús ser adorado por todos los reinos de la tierra si lo adorara a él) y, en fin, la tentación de desafiar a Dios para tener más seguridad frente a las incertidumbres de la vida (cuando el demonio lo invita a lanzarse porque los ángeles vendrían en su auxilio).
Bien, quisiera detenerme en esta última tentación. ¿Qué se entiende exactamente cuando se usa a Dios como seguridad para sí mismos frente a las incertidumbres de la vida? Le hago esta pregunta porque no quiero ocultarle que soy una persona más bien ansiosa, aunque estoy intentando superar mis ansias, mis miedos, confiando todo al Señor y no quisiera cometer un pecado desafiándolo.
¿Cuál es la diferencia entre un sincero abandono a Dios y en cambio usarlo para tener una mayor seguridad? ¿Podría darme ejemplos concretos?
Le saludo con cariño.
Mariagrazia
Respuesta del sacerdote
Querida Maria Grazia,
1. El sincero y confiado abandono en Dios, sin quejarse, coincide con la máxima seguridad del hombre porque se coloca en las manos de Quien nos ama infinitamente más de lo que nosotros nos amamos a nosotros mismos.
2. El beato Papa Juan Pablo I, recordaba a un niño a quien su padre había llevado al rascacielos más alto de New York y desde allí lo tuvo colgando en el vacío. Le preguntaron al niño si había tenido miedo. El contestó: no, porque me sostenía la mano de papá.
3. Un gran ejemplo de abandono en Dios lo encontramos en Abraham.
Dios le dijo: El Señor dijo a Abram: «Deja tu tierra natal y la casa de tu padre, y ve al país que yo te mostraré.Yo haré de ti una gran nación» (Gn 12, 1).
Es de notar que hace referencia al futuro. Dios no le muestra enseguida la tierra a Abraham.
Abraham se pone en marcha, confiado en la promesa de Dios.
Al llegar a la tierra de la actual Palestina, Dios le revela que esa es la tierra que eligió para él: «Yo daré esta tierra a tu descendencia» (Gn 12, 7).
Pero he aquí que aparece una primera prueba: se verifica una carestía tan grande que debe emigrar a Egipto y aquí corre un serio riesgo de muerte.
Al regresar tiene que luchar contra cuatro reyes.
La promesa de paternidad que le había hecho Dios no se estaba cumpliendo, y sin embargo sigue confiando, porque Dios ha prometido y sabe que no faltará a su palabra.
4. El hijo, Isaac, por fin llega. Pero al cumplir los 15 años, otra prueba, la más difícil.
Dios lo llama nuevamente y le dice: Después de estos acontecimientos, Dios puso a prueba a Abraham: «¡Abraham!», le dijo. Él respondió: «Aquí estoy». Entonces Dios le siguió diciendo: «Toma a tu hijo único, el que tanto amas, a Isaac; ve a la región de Moria, y ofrécelo en holocausto sobre la montaña que yo te indicaré» (Gn 22, 1-2).
El abandono de Abraham se manifiesta ni bien Dios lo llama. Responde diciendo: Aquí estoy, estoy a tu disposición. Es así que con un ánimo tan bien dispuesto Dios le pide como ofrenda a su hijo.
Abraham no se niega. Sigue confiando. Está seguro de la promesa de Dios aun en la hora más oscura de su vida: “Y lo ofreció, porque pensaba que Dios tenía poder, aun para resucitar a los muertos. Por eso recuperó a su hijo, y esto fue como un símbolo” (Hebr 11, 19).
5. “Recuperó a su hijo, y esto fue como un símbolo”
¿Un símbolo de qué?
De la confianza de Jesús agonizante y colgado del madero, quien en tan extrema situación expresa la confianza que el salmista había previsto de él: «Yo pongo mi vida en tus manos: tú me rescatarás, Señor, Dios fiel» (Sal 31,6).
Y la respuesta del Padre es: que lo resucita de entre los muertos. Lo resucita para una vida en la que la muerte no tiene ningún poder.
6. Me agrada terminar con el hermoso testimonio del beato Carlo Acutis. Cada vez que recibía la comunión decía «¡Jesús ponte cómodo! ¡Haz como si fuera tu casa!»
Cada día se abandonaba en las manos del Señor.
Y cuando a los 15 años, como a un nuevo Isaac, el Señor le pide la oferta de su propia vida dice: «Muero feliz, porque he vivido mi vida sin perder un minuto en cosas que desagradan a Dios».
El Señor lo llamaba al cielo para confiarle la administración de todos los bienes del paraíso: «¿Cuál es el administrador fiel y previsor, a quien el Señor pondrá al frente de su personal para distribuir la ración de trigo en el momento oportuno? ¡Feliz aquel a quien su señor, al llegar, encuentra ocupado en este trabajo! Les aseguro que lo hará administrador de todos sus bienes» (Lc 12, 42-44).
Deseando que a tu vez puedas permanecer siempre con confiado abandono en las manos del Padre, te bendigo y te recuerdo en la oración.
Padre Angelo
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