Paz, Padre,
Quisiera preguntar cómo podría actuar. A menudo anhelo una unión profunda con Cristo, incluso a través de sus dones, pero al mismo tiempo no quiero caer en el orgullo ni en otros pecados de egocentrismo.
Martín
Respuesta del sacerdote
Estimado Martín:
1. Los dones de Dios que usted anhela, vinculados a tu experiencia pentecostal previa, no forman parte del organismo sobrenatural.
Son gracias que Dios concede gratuitamente, no para la perfección individual, sino para el bien común (cf. 1 Cor 12,7).
Por esta razón, Dios, que no deja a la Iglesia nada de lo que ella necesita para su obra de evangelización, los concede a quien quiere, cuando quiere y como quiere.
2. Cabe recordar, como enseña la teología católica, que estos dones no son objeto de mérito, es decir, no se pueden ganar mediante ninguna buena obra.
Son un don gratuito de Dios, que puede concederlos incluso a un pecador.
Santo Tomás afirma que estos dones se otorgan con un doble propósito: manifestar la pureza de la doctrina o la santidad de vida de una persona.
3. Tampoco son objeto de mérito. Esto significa que realizar un milagro no hace a uno más santo, ni le otorga mérito alguno para la vida eterna. Por eso, san Pablo, después de hablar de los diversos dones (también llamados carismas o gracias que se dan gratuitamente), dice: “aspiren a los dones más perfectos. Y ahora voy a mostrarles un camino más perfecto todavía.” (1 Cor 12,31).
El camino más excelente que comienza a mostrar es el de la caridad. La caridad perdona los pecados, santifica a la persona y siempre es meritoria ante Dios. Jesús dijo: “cualquiera que dé a beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa”. (Mt 10,42).
4. Sin embargo, uno puede prepararse para recibir estos dones, siempre y cuando Dios decida otorgarlos.
Al leer la vida de Santa Catalina de Siena, me centré en lo que escribió su primer biógrafo, el beato Raimundo de Capua: “Catalina, a los cinco años, o por aquel tiempo, habiendo aprendido el saludo angélico, lo repetía muy a menudo y, inspirada por el cielo, como ella misma me dijo varias veces en confesión cuando se presentaba la ocasión de hablar de ello, comenzó a saludar a la Santísima Virgen subiendo y bajando las escaleras, y arrodillándose en cada peldaño. Así, ella, que con su trato se había hecho agradable a los hombres, ahora se hacía agradabilísima a Dios con sus devotas y frecuentes oraciones, y elevándose, como podía, de las cosas visibles a las invisibles.
Habiendo comenzado, pues, de tal manera los actos de su devoción, y aumentándolos cada día, el Señor de las misericordias quiso recompensárselos con una maravillosa y graciosa visión, para animarla a recibir mayores gracias y, al mismo tiempo, mostrarle en qué altísimo cedro crecería esta pequeña planta, cultivada y regada por el Espíritu Santo.”
(Vida de Santa Catalina de Siena, n. 28).
5. Catalina, por lo tanto, comenzó por hacer presente y activa a la Virgen María. Pues cuando recitamos la Salutación Angélica (como se llamaba inicialmente al Ave María, que en aquellos tiempos se limitaba a la primera parte de la oración), la Virgen nos visita.
Además, repetir el saludo del Ángel y de su prima Isabel, quien habló conmovida por el Espíritu Santo, produce algo similar a lo que produjeron estas santas palabras cuando fueron pronunciadas por primera vez.
Así aprendemos que, así como la obra de redención comenzó con la presencia de María, también, por el mismo camino, la vida espiritual comienza y se reaviva en las almas.
6. Con estas prácticas, Catalina, que ya se había hecho grata a los hombres porque de ella emanaba algo que hacía que todos anhelaran su presencia, pues a su lado desaparecían los espíritus malignos y se olvidaban las aflicciones internas, se hizo sumamente grata a Dios, quien deseaba recompensarla con una visión estupenda y grandiosa.
7. También tú podrías hacerlo del mismo modo, procurando hacerte agradabilísimo a Dios.
Puede que el Señor te gratifique con alguno de sus dones.
Pero si no te recompensa con estos dones, que al fin y al cabo todavía son poca cosa, te recompensará dándote de manera más plena el Don por antonomasia, que es el mismo Espíritu Santo, fuente de todos los demás dones.
Junto con Él te vendrán también todos los demás bienes.
Con este deseo, te bendigo y te recuerdo en mis oraciones.
Padre Angelo
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