Querido Padre Angelo:

Soy un chico de 14 años, cristiano no practicante, nunca he hecho catecismo ni la primera comunión (me hubiera gustado) ni me he confesado nunca (algún día lo haré seguramente) y apenas sé de memoria el «Ave María», el «Padre Nuestro» y el «Creo», y descubriendo su plataforma ya llevaba semanas pensando en escribirle, pero por «timidez» recién lo hago ahora.

Quería saber su opinión sobre un par de cosas que me hacen dudar (desde ya le pido disculpas si escribo demasiado).

La principal es el autoerotismo o masturbación: debo decir que desde niño he tenido vínculos estrechos con la pornografía; de hecho desde los 8 años encontré un sitio porno ya abierto en mi teléfono (la historia había comenzado un poco antes) y obviamente no sabía qué hacía la gente en los videos y por momentos me daba asco, pero… no sé, me daba una sensación de placer. Después de cerrar ese sitio pasé 3 años viendo películas para adultos en momentos íntimos en mi habitación. Luego, alrededor de los 12, pasé a Google y a x videos, y hasta ahora…

«Está bien»:

Luego, entre los 13 y 14 años, comencé a realizar actos impuros (…).

El problema, Padre, es que descubrí que era un pecado, uno grave además, hace sólo tres semanas, quizá por su sitio; el primer instinto fue orar al Señor para pedirle perdón (…).

Hace dos días decidí buscar en internet y recitar oraciones para el perdón de los pecados, me sentí muy ligero, y ya que estaba me aprendí de memoria algunas de las principales oraciones, pero no siento que Dios me esté particularmente cerca, al contrario. ¿Qué cree que debería hacer? ¿Es realmente tan grave la masturbación durante la adolescencia? (…) Para la mayoría de los expertos mi comportamiento es totalmente natural para mi edad.

También relacionado con el anterior: (…) cuando no era consciente de las consecuencias no sentía ninguna culpa ni nada; ahora, cuando caigo, me da muchísima lástima por haber decepcionado a Dios, pero no me arrepiento del acto en sí. (…).

Por último, pero no menos importante: cada día cuando tengo la oportunidad de encontrarme con un ateo trato por todos los medios de convencerlo a través de la palabra del Señor para darle a Dios un nuevo hijo fiel y para darle a ese hijo una vida más serena y feliz, pero muchas veces no sé qué responder. Los argumentos más comunes son los clásicos: «¿Podés ver a Dios? ¿Podés tocarlo? Entonces no existe». «Si Dios existiera, nos hablaría, nos diría qué hacer, nos daría instrucciones, pero en cambio, no pasa nada de eso». «Si Dios sabe ya todo, ¿por qué creó a Lucifer a pesar de saber que se habría rebelado?». (…).

Gracias Padre por su atención y perdone las molestias, recuérdeme en sus oraciones. Cordialmente.


Respuesta del sacerdote

Queridísimo:

1. Recién hoy recibí tu correo electrónico del 11 de febrero de 2022, día en que se conmemora a Nuestra Señora de Lourdes.

Lamento mucho este retraso. Te pido disculpas por ello.

2. Por lo que me escribiste, advierto que Dios no se ha olvidado de ti, ni podría hacerlo, de hecho!

Quiero decir que Él se hizo sentir cerca tuyo, dándote el deseo y también la alegría de orar.

Me dices de hecho que cuando rezas te sientes muy ligero.

Generalmente debería ser así. Cuando el alma se une con Dios a través de la oración, se une con la fuente de la alegría.

Me alegraría que aquello que ha comenzado en ti se haya desarrollado mucho mientras tanto.

3. Desgraciadamente, no fuiste al catecismo, no hiciste la primera comunión, ni la confirmación y nunca te confesaste.

Son todas experiencias que te han sido negadas.

Pero precisamente por eso el Señor te está dirigiendo una mirada especial.

4. Ya estás en una edad en la que casi puedes estudiar el catecismo por ti mismo. Por supuesto que no puedes pretender entenderlo todo sin explicaciones. Pero navegando por nuestro sitio podrás encontrar muchas respuestas.

De todos modos, sería bueno que fueras a hablar con tu sacerdote y le contaras tu situación. Ciertamente él vendrá en tu ayuda haciéndote recorrer un camino personalizado no sólo para aprender el catecismo sino también para acercarte a los tres sacramentos que te faltan: Confesión, Eucaristía y Confirmación.

5. Ahora llego a un punto en tu correo electrónico, específicamente los diferentes sentimientos que experimentaste después del autoerotismo entre cuando no sabías que era un pecado y cuando te enteraste.

Al principio todo te parecía normal.

Ahora en cambio empiezas a sentir un peso.

¿Por qué?

Cuando una persona comienza a tener una cierta vida espiritual y, de hecho, descubre la dignidad espiritual de su propia persona, entonces la conciencia se despierta.

Sin duda, algo se ha despertado en ti en este último período, te haces preguntas que antes no te hacías, contradices espontáneamente a tus compañeros cuando niegan la existencia de Dios, te haces preguntas religiosas que están entre las más profundas de la propia existencia.

Podría decir que estás enfrentando la vida de una manera nueva, has despertado de un largo letargo.

A partir de aquí se hace más evidente el sentido del bien y del mal, el sentido del pecado.

Y todo esto lo sientes aún más intensamente desde que la gracia de Dios de alguna manera ha comenzado a entrar en ti. Ahora con el pecado percibes más inmediatamente lo que estás perdiendo.

6. Hay que añadir también esto: cuando uno está lejos de Dios se acostumbra a ciertos pecados, sobre todo los carnales, ya no siente el sentido del mal, se está como anestesiado. De hecho, llegamos incluso a jactarnos de lo que hacemos.

Esto es lo que confirman las Sagradas Escrituras mediante las palabras de San Pablo: «Porque ya les advertí frecuentemente y ahora les repito llorando: hay muchos que se portan como enemigos de la cruz de Cristo. Su fin es la predicción, su dios es el vientre, su gloria está en aquello que los cubre de vergüenza, y no aprecian sino las cosas de la tierra.» (Fil 3:18-19).

7. San Agustín tuvo una experiencia similar, se convirtió y se hizo bautizar a la edad de treinta años.

Cuando relatará sus experiencias de adolescencia en sus Confesiones, escribirá: «y me precipitaba con tanta ceguera que me avergonzaba entre mis coetáneos de ser menos desvergonzado que ellos cuando les oía jactarse de sus maldades y gloriarse tanto más cuanto más torpes eran, agradando hacerlas no sólo por el deleite de las mismas, sino también por ser alabado. ¿Qué cosa hay más digna de vituperio que el vicio? Y, sin embargo, por no ser vituperado me hacía más vicioso, y cuando no había hecho nada que me igualase ton los más perdidos, fingía haber hecho lo que no había hecho, para no parecer tanto más abyecto cuanto más inocente y tanto más vil cuanto más casto.» (Confesiones, II, 3).

8. Respecto a la gravedad de los pecados de lujuria: todos son graves, porque tocan el núcleo íntimo de la persona, como recordó el santo Papa Juan Pablo II.

Esto no quiere decir que todos tengan la misma gravedad. Algunos, evidentemente, son más graves, como el adulterio.

Jesús mismo, hablando a Pilato, recordó que algunos pecados son más graves que otros, como cuando le dijo: «Tú no tendrías sobre mí ninguna autoridad, si no la hubieras recibido de lo alto. Por eso, el que me ha entregado a ti ha cometido un pecado más grave» (Jn 19,11).

9. Cuando decimos que ciertos pecados son normales durante la adolescencia, no estamos expresando un juicio de valor, sino una constatación de un hecho. Son “normales” según un orden sociológico, pero no según el orden moral.

Respecto a los datos sociológicos, me gusta subrayar que algunos muchachos nunca caen, por lo que el juicio “es normal” sólo significa que muchos caen.

Además, sería un grave error ignorar este trastorno con el pretexto de la edad, es erróneo desde muchos puntos de vista.

Los muchachos necesitan aprender a ser dueños de sus propios impulsos. Lo necesitan no sólo para ser determinados en su carácter, sino también para su futuro. Deben adquirir la fuerza para superar las inevitables tentaciones y pruebas de la vida.

Lo necesitan especialmente para aprender a amar de verdad para no confundir el amor con la satisfacción sexual.

Lo necesitan sobre todo para mantener el gusto por las cosas de Dios, lo cual es incompatible con ciertas experiencias que devastan el alma y la privan de todo, como la pornografía y lo que le sigue.

10. Por último, me alegro de que te surja espontáneo contradecir a tus amigos que niegan la existencia de Dios con los argumentos habituales. Podría decir que para todas las preguntas que hagan, podrás encontrar una respuesta en nuestro sitio web.

Sin embargo, el mayor problema no es simplemente teórico sobre los argumentos a favor de la existencia de Dios.

Sino, es de orden existencial porque «La Sabiduría no entra en un alma que hace el mal ni habita en un cuerpo sometido al pecado.» (Sb 1,4).

El desorden moral nubla la mente, impide ver con claridad lo más profundo de uno mismo donde se descubre la existencia de Dios.

El mismo Señor nos lo dijo: “En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas.” (Jn 3,19).

Desde esta mañana, cuando fui a responder tu correo, comencé a orar especialmente por ti.

Lo haré de nuevo.

Que todo lo que el Señor ha despertado en ti, lo haga madurar cada vez más.

Aunque no puedas confesarte ni tomar la Sagrada Comunión por ahora, te insto a participar en los ritos de la Semana Santa. Te hacen bien.

Con los mejores deseos de una Pascua serena y santa, te bendigo.

Padre Angelo

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