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Pregunta

Querido Padre Angelo

Me gustaría, por si fuera posible, un poco de ayuda de su parte para entender un aspecto que me involucra personalmente en el área del buen combate espiritual.

Se trata de la acedia, como vicio capital, que encuentro presente en mí, no tanto en sus formas más simples y clásicas como la pereza o similares (aspecto que probablemente ya he superado un poco en la educación que recibí de niño y en el camino de vida que he seguido desde pequeño), sino en sus formas más «graves», es decir, una cierta inclinación a la tristeza, a veces incluso a la depresión, una sequedad de voluntad que me hace percibir todo como una carga, hasta el punto de afectar incluso a la relación con Dios, a la virtud de la caridad y la fe.

También me gustaría aprender sobre los remedios, que seguramente existen, en que puedo «entrenarme» con la ayuda y la fuerza de la Gracia para ser, cada vez más, un hijo libre de Dios.

Gracias de corazón.


Respuesta del sacerdote

Querido amigo,

En primer lugar, me complazco por la distinción que has hecho entre pereza y acedia.

La acedia no es simplemente una cierta pereza, o desgana, en el cumplimiento de los deberes.

Sino una tristeza para las cosas espirituales. Más concretamente, es una tristeza por las realidades divinas.

Según San Juan Damasceno es una tristeza agotadora que deprime tanto el espíritu del hombre que le quita la voluntad de actuar.

Santo Tomás dice que algunos definen la acedia como «el sopor del alma que se desentiende de emprender el Bien». (Suma Teológica, II-II, 35.1).

Y en este sentido es contraria a la Caridad (Ib.).

2. Como puedes ver, lo que me has contado de ti, parece reflejar rotundamente el pensamiento de Santo Tomás.

Por lo tanto, has circunscrito bien lo que a veces ocurre en tu alma.

3. ¿Cuáles pueden ser los remedios?

Voy a señalarte dos, que al final son sólo uno, porque el segundo es un refuerzo del primero.

Como la acedia es contraria al fervor de la Caridad, el remedio se encuentra yendo en la dirección contraria, es decir, realizando muchos actos de caridad.

4. Para no quedarnos en ese estado anodino que no tiene efecto en nuestra vida, y sabiendo que participas en la Eucaristía todos los días, te aconsejo que vivas bien el ofertorio.

El sacerdote, como sabes, ofrece el pan y el vino, que son ciertamente realidades que se transubstancian durante la consagración, pero al mismo tiempo son símbolos de otras realidades, es decir, de lo que tú traes al altar.

5. Pues se corre el riesgo de que no se lleve nada al altar durante el ofertorio, salvo algunas monedas, que ya es algo.

La Sagrada Escritura nos dice que nunca debemos presentarnos ante Dios para el sacrificio con las manos vacías (Ex 23,15; 34,20).

Por el contrario, añade que el regalo de cada persona debe ser proporcional a la bendición recibida (Dt 16:17).

6. Llegados a este punto, mi pregunta es la siguiente: ¿qué le llevas al Señor en el momento del ofertorio?

Porque si no traes nada no estás participando en el Sacrificio de Cristo, sino que vas a asistirlo.

El Señor recuerda esta necesidad de preparar algo en las palabras que el Espíritu dice a la Iglesia de Laodicea: «Yo estoy junto a la puerta y llamo: si alguien oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos.» (Ap 3,20).

He aquí que el Señor puede cenar con nosotros si le preparamos algo.

7. El primer remedio que recomiendo es este: si vas a Misa por la mañana, no te acuestes por la noche si no has preparado la ofrenda para llevar al altar.

Y para que no te encuentres con las manos vacías por la noche, aprovecha durante el día las distintas ocasiones que se te presenten para apartar algo que llevar a Misa: podrà ser un acto de paciencia, una confidencia recibida y que te comprometes a no revelar a nadie, un acto de especial dedicación en el hogar, un silencio mantenido, una oración por los que te han causado dolor, dedicarte a tu deber diario…

Aprovecharás las distintas ocasiones para decir: ofrezco esto al Señor, lo llevaré a Misa y no iré nunca a quitarlo de sus manos.

Por eso, por la noche, cuando te vayas a dormir, pregúntate: mañana por la mañana, cuando vaya a Misa, ¿qué le llevaré al Señor, porque Él ha dicho que no quiere que me presente ante Él con las manos vacías? Si te encuentras con las manos vacías, intenta llenarlas al menos con algunas buenas intenciones.

8. Y aquí está el segundo remedio: leí en alguna parte que se dice que Santo Tomás dijo que la mortificación es la fuente de la devoción, la chispa del fervor.

La chispa del fervor puede encenderse si decidimos ofrecer al Señor algo más hermoso, algo más grande, que nos cueste más.

La renuncia o la mortificación es sólo la envoltura exterior, que a los ojos de los demás puede parecer incomprensible y tal vez incluso inhumana.

Pero en el interior se esconde un amor aún mayor, porque se da algo más, algo que nos cuesta mucho.

9. Por lo tanto, ya que el Señor ha dicho que nuestro regalo debe ser proporcional a la bendición recibida, no prepares algo de nada.

Pregúntate qué puede ser agradable para el Señor, como cuando visitas a un enfermo y te preguntas qué puede necesitar o qué puede ser agradable para él.

No me extrañaría que un día le dijeras: Señor, no te ofrezco sólo algunas cosas, sino que te ofrezco todo, es más, te ofrezco todo mi ser. Estoy a tu total disposición en el sacerdocio o en la vida consagrada.

En este sentido decía que el segundo remedio no es más que un refuerzo del primero.

10. Como puedes ver, la acedia sólo puede ser remediada por el amor, y un amor aún mayor.

Piensa en los sacrificios que hacen los padres día y noche para atender a sus niños que lloran. Tienen que renunciar al sueño y a muchas otras cosas, en sí mismas buenas. Viven olvidados de sí mismos.

Haz lo mismo con el Señor.

Deja que tu vida sea una historia de amor entre tú y Él, cada día.

El Señor te llama cada día a cenar con Él y cada día te introduce en la tierra prometida donde puedes » saborear la buena Palabra de Dios y las maravillas del mundo venidero» (Heb 6,5).

Llámalo a cenar contigo ofreciéndole actos de amor, de entrega, uno más bello y más precioso que el otro.

De este modo, el encuentro con Jesús en la Eucaristía se convierte en la fuente y el culmen de toda tu vida, tu punto de partida y de llegada.

Voy a acompañar estos dos consejos con un recuerdo especial en la oración.

Te deseo mucho Bien y te bendigo.

Padre Angelo


Traducción Riccardo Mugnaini